El auto negro se detuvo frente al Hotel Russel. Esmeralda no había abierto la boca en todo el trayecto. Había pasado el camino mirando por la ventanilla, con las manos entrelazadas sobre el regazo y el corazón latiéndole con una fuerza absurda cada vez que alguna curva hacía que la rodilla de Jason rozara la suya. Ahora, al ver el edificio, se le escapó el aire. Había escuchado hablar del lugar. El Hotel Russel era una de esas propiedades que aparecían en revistas de arquitectura y listas de los lugares más exclusivos del país, aunque verlo en persona era otra cosa: piedra clara, líneas imponentes, una fachada que mezclaba historia y modernidad con una arrogancia casi elegante, mientras las luces doradas bañaban la entrada y una alfombra roja se extendía hasta la calle, flanqueada por barreras detrás de las cuales se agolpaba la prensa. Esmeralda arqueó apenas una ceja.
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