Estabas evitándome.
Eran casi las tres de la tarde cuando Esmeralda se detuvo frente al espejo del vestidor y contempló su reflejo con una mezcla de cansancio y absoluto resentimiento hacia sus propias decisiones.
El evento de los Russel comenzaba a las cuatro, lo que significaba que disponía de menos de una hora para convertirse en la versión impecable de la señora Russel que la familia y la prensa esperaban ver.
El problema era que la mujer del espejo tenía