MarioMe propuse conseguirle a mi conejita un coche nuevo. Sé que perdió nuestra apuesta, pero aun así quiero cuidarla y asegurarme de que ni ella ni Gabriela tengan que depender jamás del imbécil abusivo que ella se consiguió por marido.Llego al concesionario en mi moto, el rugido del motor se apaga al bajar el caballete. Al bajarme, veo a un vendedor nervioso que se me acerca en el estacionamiento como un ratón intentando emboscar a un puma.Él extiende la mano y yo la estrecho, apretándola con la suficiente firmeza para que sepa quién manda aquí, sin apartar la mirada de la suya.Se le pone la cara pálida. —Hola, señor. Mi nombre es Roberto. ¿P-puedo ayudarle? —balbucea. Por cómo tiembla, estoy casi seguro de que se va a orinar encima en cualquier momento.—Sí, claro que sí. Estoy buscando un coche. Con poco consumo, muy seguro, cómodo y atractivo. Que quepan dos... quizás tres niños. No sé, todavía no he decidido cuántos vamos a tener. Ah, y que además tenga un maletero amplio.
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