Jax no firmó los papeles.Simplemente miró el grueso contrato sobre el escritorio durante un largo momento y luego levantó la vista hacia Lila y su padre.—No.La única palabra cayó en la habitación como un disparo.—¿Disculpa? —la sonrisa de Lila finalmente se quebró.—Dije que no. —Su voz era firme, aunque el pulso le rugía en los oídos—. No voy a firmar nada, ni a casarme contigo, ni a alejarme de él.El rostro de su padre se oscureció.—Estás cometiendo un error del que no podrás arrepentirte.—Ya tomé mi decisión —respondió Jax, girándose hacia la puerta—. Ahora dime dónde está.Ella se rió, el sonido afilado y feo.—¿De verdad crees que es tan simple? Si sales de aquí, me aseguraré de que nunca vuelvas a verlo.Eso lo detuvo en seco, con la mano sobre el picaporte. Miró por encima del hombro, con los ojos fríos.—Tienen dos horas para liberarlo —dijo en voz baja—. Si para entonces no está de vuelta conmigo, iré a la policía. Y después de eso, voy a destruir todo lo que les impor
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