Las horas parecían arrastrarse. Yo bebía despacio, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón de la sala, mientras el whisky bajaba quemando la garganta. El reloj marcaba el tiempo como un verdugo despiadado. Fue entonces cuando apareció Vicenzo. Su sonrisa sórdida me dio náuseas instantáneas. — ¡Me dejaste para el sacrificio, eh, maldito! — Tú tienes más intimidad, siempre la tuviste... — No era precisamente a mí a quien tu cuñadita quería... ni su hija. — La madre nunca sirvió para nada, la hija debe de ir por el mismo camino. Se sentó, dejándose caer en el sillón, y se sirvió un vaso mientras me miraba de forma desdeñosa. — Entonces... tú y la chica... dijo, con la voz cargada de sarcasmo. Levanté los ojos, desconfiado. — Yo los vi saliendo de la sala de estar... Qué hipocresía la tuya. Cerré los ojos, sintiendo la sangre hervir. — No quieres hablar de eso, de hipocresía, puedes apostarlo. gruñí, con la voz cargada de rencor. Mas él insistió, como el i
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