Capítulo 118: El desalojo y la noche helada.La lluvia en la periferia de Ginebra no caía como una tormenta violenta, sino como una llovizna constante, fina y helada que parecía filtrarse a través de las paredes de piedra del antiguo edificio. En el tercer piso, el departamento olía a humedad acumulada y al rastro distante del pan tostado de la mañana. Emma permanecía de pie en el centro de la pequeña sala, con las manos apretadas contra la curva prominente de su vientre de seis meses. La tela de su abrigo de lana ya no lograba abotonarse del todo sobre el volumen abultado de su embarazo, dejando ver la franja central de su vestido gris.Frente a ella, en el umbral de la puerta de entrada, Monsieur Dubois, el propietario del inmueble, mantenía los brazos cruzados sobre su abultado estómago. Era un hombre enjuto, de rostro ajado por el tabaco y ojos pequeños que no mostraban la menor pizca de simpatía. En la mano derecha sostenía la libreta de recibos vacía.—Se lo he explicado tres ve
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