SaraA unas horas después, alcancé con la mano, esperando encontrarla a mi lado.En cambio, mi mano solo tocó las sábanas frías y arrugadas. Apresé más fuerte, esperando encontrarla de algún modo, pero no había otra alma en la cama.Me incorporé de golpe, el corazón subiendo hasta mi garganta.—¿Hola? —llamé, la voz ronca.Silencio.Primero revisé el baño, pero estaba vacío.Ni rastro de ella.Un nudo se apretó en mi pecho mientras el pánico se colaba despacio.Empecé a pisar de puntillas fuera de mi cuarto, el corazón latiendo tan fuerte que lo sentía en la garganta.La casa estaba en silencio muerto, solo con el suave crujido de las escaleras. Mis pies descalzos apenas hacían ruido mientras bajaba, todavía con la tanqueta puesta.Al pie de las escaleras me congelé.La luz del salón estaba encendida, justo lo suficiente para verlo todo. Y ahí, en el sofá, justo frente al televisor, estaba papá. Sin camisa, los pantalones de chándal grises bajos en sus caderas, ese bulto enorme que ya
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