—Gracias a los dos por venir con tan poco aviso. El abogado era mayor de lo que Ethan esperaba, canoso, preciso de esa forma en que la gente lo es cuando ha manejado los asuntos de la misma familia durante décadas y con el tiempo se ha vuelto silenciosamente protectora de ellos. Su oficina olía a papel viejo y aceite de muebles, fotografías enmarcadas de una mujer que Bianca no reconocía alineadas en una pared. —Es ella —preguntó Bianca en voz baja, señalando hacia las fotografías—. Margaret. —Sí. —La expresión del abogado se suavizó—. La representé durante los últimos quince años de su vida. Era una mujer extraordinaria. Precisa en todo, especialmente en lo de la fundación. Bianca estudió las fotografías mientras Ethan se acomodaba en su silla, notando el parecido de inmediato, la misma mirada firme, la misma forma de la mandíbula. Ella extendió la mano y tomó la de él antes de que él siquiera la pidiera, sintiendo la tensión ya enroscada apretada en sus dedos. —Sea lo que sea es
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