—Camila, solo relájate, sonríe y disfruta la vista —le dijo justo cuando la puerta del avión se abrió. La adrenalina recorrió su cuerpo mientras se acercaban al borde. El viento golpeaba con fuerza. El instructor comenzó la cuenta regresiva. Tres… dos… uno… Y saltaron. —¡Whoa! —gritó Camila, cerrando los ojos mientras sentía que flotaba en el aire. —¿No es increíble? —gritó Alexander, con una gran sonrisa. Poco a poco, Camila dejó de sentir miedo. Era como volar… como ser libre en el cielo. Y le encantaba. Al alcanzar los 6,000 pies, Alexander desplegó el paracaídas. La caída se volvió suave, casi tranquila. Camila cerró los ojos. Se sentía ligera… libre… como un pájaro. Esto es increíble, pensaba, mientras una emoción indescriptible llenaba su pecho. —Camila, levanta las piernas —indicó Alexander. Ella obedeció, y segundos después, ambos se deslizaron suavemente hasta aterrizar en el suelo, sanos y salvos. Alexander se quitó el arnés y la ayudó con el suyo. Camila se
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