—¡Samuel! ¡¿Qué demonios le hiciste a tu hermano?!Alejé el teléfono de mi oído de inmediato al escuchar la voz atronadora de mi padre. Lo sabía; estaba seguro de que me llamaría ipso facto para reclamarme con ese tono cargado de acusaciones.—Solo hice lo que tenía que hacer, papá —respondí con la mayor serenidad posible.—¡Yo jamás te enseñé a ser un desalmado, Samuel! Es tu hermano. ¡Aunque sea tu hermanastro, por sus venas corre la misma sangre!—¿Ah, sí? ¿Entonces, según tú, debía quedarme de brazos cruzados mientras intentaba abusar de mi esposa? —preguntó, con un tono de voz que empezaba a elevarse.—¡¿De qué hablas, Samuel?! Diego sería incapaz de caer tan bajo. ¡Está enfermo!—Sí, claro, frente a ti se las da de enfermo. ¿Pero a tus espaldas? No tienes ni la menor idea de lo que pasa, ¿verdad? Además, deberías tener más cuidado con tu dichosa esposa, papá. Quién sabe si esos dos tienen un plan perverso que han mantenido muy bien ocu
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