—¡Gabriel...!El grito, cargado de anhelo, quebró en un instante el silencio del vestíbulo de la mansión. En cuanto Emelia me vio cruzar la puerta, echó a correr sin importarle el dolor que aún pudiera persistir en su vientre. Sus ojos hinchados se clavaron de inmediato en el pequeño cuerpo que yo llevaba firmemente acunado en el hueco de mi brazo izquierdo.Con movimientos tan cuidadosos que parecía sostener la joya más frágil del mundo, Emelia tomó a Gabriel de mis brazos. Sin demora, apretó el cuerpecito de nuestro hijo contra la calidez de su pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante; el alivio, la tristeza y los últimos vestigios del dolor se mezclaron en un llanto que ahora solo significaba alegría.—Mamá está tan feliz de que hayas vuelto, mi amor... Mamá está tan, tan feliz —dijo con la voz ronca
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