Para el mediodía, la casa se había convertido en un campo de batalla de evasión deliberada. Me había enterrado en la sala de estar con mi cuaderno de bocetos, los auriculares a todo volumen con música que en realidad no escuchaba, intentando perderme en líneas de carboncillo y sombreados. Mi cuerpo, sin embargo, me traicionaba a cada rato: cada movimiento en el sofá me recordaba lo adolorida que estaba, lo lleno que me había dejado él dos veces ya. Dos veces. En menos de veinticuatro horas.Me dije a mí misma que no iría a buscarlo. Que no pensaría en cómo se había sentido su boca entre mis piernas en la ducha, ni en las cosas sucias que me había susurrado mientras estaba enterrado dentro de mí. Se suponía que éramos adultos. Responsables. No este desastre caótico en el que se estaba convirtiendo todo.Alrededor de las dos, el olor a algo sabroso llegó flotando desde la cocina. Mi estómago gruñó. Traidor. Dejé el cuaderno y caminé hacia allá, con la intención de agarrar un snack rápid
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