Los días en la casa de campo se arrastraban como una tortura silenciosa. Por más que Cristina intentaba apartar a Miguel de sus pensamientos, no lo conseguía. Era una lucha agotadora: todavía quedaba amor, un amor necio que se resistía a morir, pero ahora estaba irremediablemente mezclado con una rabia sorda, una profunda decepción y una tristeza que parecía no darle tregua ni siquiera para respirar.Se despertaba cada mañana con una opresión en el pecho, con una sensación de vacío tan grande que hasta levantarse de la cama se convertía en un esfuerzo. Había días en los que no encontraba una sola razón para levantarse ni para pronunciar palabra. Pasaba largas horas sentada junto a la ventana, con la mirada perdida en el horizonte, repitiéndose una y otra vez la misma pregunta:¿En qué momento todo comenzó a desmoronarse?Mientras tanto, en la ciudad, la realidad transcurría por un camino muy distinto.Durante los dos primeros días, Miguel intentó localizarla de manera discreta. Hizo a
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