A pesar de todo —el dolor, los huesos rotos, la experiencia cercana a la muerte—, me encontré sonriendo. Una sonrisa real que probablemente se veía ridícula en mi rostro magullado e hinchado. —Los tiene, ¿verdad? —Los tiene, sin duda. —El doctor Morrison anotó algo más en su portapapeles—. Bueno,
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