Esa tarde, el abogado llegó a la residencia Cavanaugh para hablar con Matteo en privado. Su conversación parecía lo suficientemente seria como para inquietar a Rose. Había oído que el abogado había llegado y, desde entonces, los nervios no dejaban de atormentarla.Habían pasado dos horas. Rose caminaba de un lado a otro por el dormitorio, inquieta, mientras su mente se llenaba de especulaciones cada vez más frustrantes. Y seguía sin haber noticias de Romilda, lo que la dejaba aún más confundida sobre qué debía hacer.Un repentino golpe en la puerta la sobresaltó. Se apresuró a abrirla y encontró a Gerri, la criada, inclinando la cabeza con una sonrisa amable.—Señora, el señor Matteo quiere verla ahora mismo en su despacho —dijo Gerri.Rose frunció el ceño, pero no dijo nada y simplemente asintió. Siguió a Gerri por el pasillo en dirección al despacho de Matteo, con el pecho oprimido por una creciente sensación de angustia.—¿El abogado ya se fue? —preguntó Rose.Gerri negó con la cab
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