Markos tomó en brazos a mi cachorra a la mañana siguiente. La acomodó contra su pecho con esa torpeza cuidadosa que ya había empezado a reconocer en él: la de un hombre que sabe pelear con garras y dientes, pero no con bebés. La cachorra bostezó apenas, ajena al hecho de que yo estaba a punto de enfrentarme a un maldito oso en la arena.Antes del duelo, querían comprobar si estaba embarazada. Según ellos, era protocolo para saber si convenía más en este momento usarme para una camada o para la arena... después de esta pelea. Tan considerados. Así que caminábamos por los pasillos de piedra, rumbo al mismo sitio donde me habían sacado sangre la vez anterior. Algunos lobos ya nos esperaban, impacientes, como si estuvieran a punto de abrir un regalo.—¡Ja! Me encanta, Alfa Markos —soltó uno, el mismo imbécil que me había pinchado la última vez—. Con la amenaza sobre su cachorra, es menos probable que vuelva a escapar del lugar.Si mal no recordaba, yo no estaba huyendo... en fin, lo que
Leer más