Mateus observaba a Maisa, indeciso. Los agresores habían sido reducidos por ella y, poco después, la policía se los llevó. Con los culpables tras las rejas, sintió una opresión en el pecho: el pretexto para protegerla —y, por consiguiente, para verla— había terminado. Contra su voluntad, se despidió en silencio y comenzó a alejarse, paso a paso.Al verlo partir lentamente bajo la luz de los postes, Maisa fue alcanzada por una sensación de pérdida indescriptible. Casi sin pensar, tomó el celular, reinició el aparato y marcó su número. Diez segundos pasaron. Nada. Colgó, frustrada, mirando la pantalla negra.—Dijiste que contestarías en tres segundos... mentiroso —murmuró al vacío.Antes de que pudiera guardar el aparato, escuchó pasos apresurados y una respiración agitada detrás de ella. Al girarse, vio una figura corriendo hacia su dirección. Bajo la luz amarillenta del poste, él parecía bañado por una aura suave, casi divina.—¿Qué pasó? —preguntó Mateus, tratando de recuperar el ali
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