Cuando llevaron a Alessandro a la sala de urgencias para que le pusieran los puntos, sus tres hijos pequeños se negaron a salir y quisieron quedarse a su lado todo el tiempo. El personal del hospital pensó que solo estorbarían, pero Alessandro los detuvo.Él sabía que los tres pequeños se resistían a irse porque temían que algo malo le pasara. Qué banda de diablillos tan maravillosos, pensó, con una profunda muestra de afecto.—No es necesario, no van a causar problemas —dijo Alessandro, mirando a los tres.Estaban parados en fila, asintiendo con la cabeza como pollitos picoteando arroz, comportándose muy bien. Al ver eso, los médicos permitieron que se quedaran.—Doctor, ¿podría ser un poco más delicado? Si no, le va a doler mucho —pidió Matteo, preocupado. Notó que Alessandro sentía dolor durante la desinfeción, aunque se estaba aguantando.—No me duele, todo está bien —respondió Alessandro.—Estás mintiendo —lo delató Mia sin rodeos—. ¡Mira tus manos, las tienes hechas puños y se t
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