Capítulo 68 —Solo los tresSergio la tomó por las caderas, arrastrándola hacia el borde de la madera, y la obligó a rodearle la cintura con las piernas. Se encajó entre sus muslos húmedos y, sin preámbulos, se introdujo en ella de un solo golpe seco, profundo y devastador, que le sacó todo el aire de los pulmones.—Dios, Maribel... —gruñó Sergio cerca de su oído, con la voz rota, áspera de pura necesidad, mientras comenzaba a moverse dentro de ella con un ritmo salvaje, implacable—. Me tienes completamente enfermo. No tienes una idea de cómo me vuelves loco... de cuánto te deseo cada maldito segundo que te veo en la empresa simulando que no existo.El encuentro se transformó en una entrega desenfrenada, un vaivén violento y ruidoso en mitad de la penumbra del despacho. Las embestidas de Sergio eran pesadas, posesivas, hundiéndose hasta el fondo, obligando a Maribel a asimilar la totalidad de su tamaño en cada impacto. La madera de la caoba crujía sutilmente bajo el peso de sus cuerpos
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