El zumbido de los neumáticos contra la carretera era la única banda sonora constante, una nota monótona que parecía querer hipnotizar mis pensamientos. Alex, a mi lado, estaba sumergido en su hábitat natural: la eficiencia absoluta. Mientras una de sus manos reposaba con una calma engañosa sobre el volante de la potente SUV, la otra operaba comandos de voz y revisaba notificaciones rápidas en la tableta acoplada al tablero. Trabajaba como si el auto fuera una extensión de su oficina en el centro financiero de la capital, dictando correos electrónicos con una frialdad métrica y resolviendo crisis corporativas mientras cruzábamos kilómetros de plantaciones infinitas.Yo, por otro lado, me dejé vencer por el cansancio residual. Encogida en el asiento de cuero, con el cuerpo sintiendo aún el peso de la tensión de la noche ante
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