El mundo se detuvo en el piso 50. El zumbido del aire acondicionado, los susurros de los accionistas aterrados y el brillo de los cristales del rascacielos desaparecieron, dejando solo el eco sordo de mi propio pulso en mis oídos. La fotografía en el teléfono de Alexander era una sentencia de muerte envuelta en píxeles. La cama de Leo vacía, las sábanas blancas impecables y ese clavel negro, una mancha de sombra que reclamaba la vida de mi hermano.Alexander apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora ardían con una furia impotente. Me miró, y en ese instante, ambos supimos que la Corporación Phoenix, los millones de dólares y la justicia histórica de los Sokolov no valían nada si el corazón de Leo dejaba de latir.
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