Las lágrimas brotaron de inmediato y empaparon la mascarilla. La furgoneta arrancó. A través de la pequeña ventana trasera, Celeste vio cómo el coche negro de Samuel se hacía cada vez más pequeño, alejándose irremediablemente de ella. El mundo entero pareció derrumbarse. Cerró los ojos lentamente mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas sin control. En ese instante lo comprendió con absoluta claridad: No podía aceptar casarse con nadie más. No podía vivir con nadie más. No podía pertenecer a nadie más. Solo Samuel. De repente— ¡CHIRRIDO! Una frenada brusca sacudió violentamente la furgoneta. El cuerpo de Celeste se lanzó hacia adelante, y la enfermera reaccionó de inmediato, sujetándola con fuerza para evitar que su cabeza golpeara la puerta. —¡¿Qué te pasa?! —gritó la enfermera, furiosa, al conductor. El hombre respondió con voz temblorosa, casi aterrada: —A-alguien… alguien detuvo la furgoneta… Celeste abrió los ojos de golpe. A través del par
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