—Buena conejita —su voz era baja, profunda y autoritaria—. Ahora quiero que me imagines… mi polla, dura, grande, enterrada dentro de tu coño. ¿Puedes sentirla?Contuve la respiración, mis mejillas se sonrojaron. Asentí levemente, dejando que mi mente imaginara su gran polla venosa, y lentamente añadí otro dedo, introduciéndolo más profundamente.—Ahora… empieza a empujar más rápido —dijo, con un tono cortante pero burlón—. Más rápido, más fuerte… fóllate para mí. Muéstrame cuánto deseas mi polla dentro de ti. Déjame verla, conejita.Obedecí, moviendo mis dedos dentro y fuera con más urgencia. Mis caderas comenzaron a elevarse con cada embestida, mi cuerpo temblaba por el calor creciente. Imaginar su polla dentro de mi coño me hizo mojarme, el recuerdo de sus manos y sus labios me hizo gemir más fuerte, suaves gemidos llenando la habitación silenciosa.—Sí, así —murmuró, observándome atentamente—. Lo estás haciendo muy bien… tan mojada, tan mojada… sigue así. Hazme sentir cuánto necesi
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