Susan no podía dejar de pensar en lo ocurrido en el callejón. Deseó poder encontrar un agujero en el suelo y esconderse allí para olvidar todo.Cuando llegaron a la casa de Stefan, él la acostó sobre la cama. Luego se sentó al borde y tomó una de las piernas pálidas de Susan, colocándola sobre las suyas.—¡No quiero!— Susan intentó apartar la pierna, pero Stefan la sujetó y dijo: —No te muevas.Observó sus piernas suaves y claras, cubiertas de varias picaduras de mosquito. Frunció el ceño, molesto, y murmuró:—Si alguno de esos insectos se atreve a morderte otra vez, estará buscando la muerte.Susan se quedó atónita.Siguió la mirada de Stefan y recién entonces notó todas las picaduras. Al principio ni siquiera se había dado cuenta, pero ahora empezaban a picarle.Sonrió levemente y dijo:—Bueno… ¿qué puedes hacer contra los mosquitos…?Stefan se inclinó y la besó con fuerza en los labios. Su estado de ánimo parecía cada vez más apasionado. Susan Cooper, aquella muchacha delicada y f
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