Narra Juliette:El salón se había transformado en un altar a la humillación, y yo era la única sacerdotisa encargada de sacrificar mi propio orgullo sobre él.Estaba allí, paralizada por una mezcla de náusea y fascinación mórbida, observando cómo la puerta se abría para dejar entrar, no a una mujer enferma, sino a una aparición.Camille. Mi hermana.La sombra que siempre debió permanecer en los rincones oscuros de mi vida, ahora caminaba hacia el centro del escenario con una majestuosidad que me quemaba los ojos…ella había florecido en un ser al que ya no reconocía, y quería extinguir aquella luz con mis propias manos.Su vestido, ese terciopelo rojo, era un insulto.Era una tonalidad profunda, vibrante, que gritaba una elegancia que mi propio vestido pálido (que tanto me había costado elegir) no lograba igualar, haciéndome ver tan insignificante, mientras que ella parecía una maldita reina. Mientras que el mío intentaba ser sutil, el suyo era una declaración de guerra.Y lo peor, lo
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