Mi pequeña, cómo me duele verla así, nunca me imaginé que mi hija fuera a tratarla de ese modo, imaginé que se enojaría, pero lo que ha hecho, excedió toda mis expectativas. Estoy decepcionado de la forma horrible que le habló a Roma. — Solo espérame un momento —me alejo de ella para ayudar a Mario y a Lucia con sus maletas. — Adri, no te preocupes —niego. — Esto no es personal, me da gusto verlos, lamento las circunstancias, quédense, yo me iré porque no voy a dejarla sola, esto sé como se ve… — Adrián —Mario apoya su mano en mi hombro—, ve, hombre, nosotros cuidamos a las chicas, tú cuida lo que acabas de defender, ya nos juntaremos a hablar —asiento y suspiro. — Siéntanse como en su casa, por favor —Lucia se acerca a Roma. — ¿No quieres un té, jovencita? —ella siempre tan amable y maternal. — Gracias, no hace falta, solo quiero… quiero irme —me acerco y la tomo de la mano. — Vamos, Romita, tenemos que ir por tus cosas y las mías —miro a Lucia. — Gracias, Luci, luego
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