—Roma, dime qué te pasa, estás rara —se encoge de hombros.—Solo quiero irme y pensar, nada más, Adrián —arrugo el entrecejo. —Amor, vamos, ¿qué pasó? —aprieta sus labios y sus ojos empañan. —Adrián, ¿tú amas a tu esposa? —enarco una ceja sin entender a qué viene su pregunta. —¿Por qué me preguntas eso, Roma? —Responde, es muy fácil, ¿la sigues amando? —no sé qué responder porque sé que es raro.—Sí, yo sí la amo —frunce el ceño—, es un amor diferente, ella no está y la realidad es que siempre voy a amarla…—¿Y a mí? ¿Me amas?—Por supuesto, yo te amo, Romita. ¿Por qué me preguntas esto? —sus lágrimas amenazan con salir. —¿A quién amas más, a ella o a mí? —eso me descoloca y no sé qué decir.—No me parece que tenga que comparar, Roma, Valeria murió y por eso nunca dejé de tener amor para ella, no entiendo tu planteo.—Es muy simple, Adrián, tú la amas y dices que me amas, eso no funciona así —su tono ya cambia a reclamo y
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