El eco de los gritos arrogantes de Tristan aún rebotaba entre las hileras de contenedores de acero. El viento de la tormenta de nieve soplaba con mayor ferocidad, barriendo el puerto de Chicago. El reflector del barco de carga deslumbraba la vista de forma brutal. Tristan se mantenía de pie, rebosante de triunfo, a la espera de que su mayor enemiga se rindiera.—¡Arrodíllate ahora mismo, guardaespaldas! —repitió Tristan con voz ronca, alzando la carpeta roja en el aire.Nathan no hizo el menor amago de bajar el cuerpo. El gigante permanecía erguido, negándose a doblegarse. Su rostro endurecido no reflejaba ni una pizca de temor; en su lugar, contemplaba a Tristan con una serenidad letal.
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