Isabella El silencio de la noche en el ala privada de la fortaleza era una ilusión densa, una delgada capa de escarcha que la mayoría de los mortales confundiría con paz. Para una Luna unificada con la Creciente, sin embargo, el silencio no existía. Sentada en el diván de roble negro junto al ventanal arqueado, con las piernas arropadas por una pesada manta de piel de oso ártico, mantenía los ojos cerrados. Mis dedos acariciaban de forma distraída el zafiro que descansaba sobre mi pecho, sintiendo su pulso frío, rítmico y colosal, latiendo en perfecta consonancia con la red psíquica del territorio. A pocos pasos, la respiración pausada de Pedro llenaba la alcoba señorial, un eco de calidez y tormenta que estabilizaba mi propio flujo energético. El lazo de apareamiento vibraba con una corrie
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