(Perspectiva de Alejandro)La arena del foso estaba húmeda, pegándose a las suelas de las botas mientras daba vueltas. Arriba, las gradas escalonadas de piedra eran una mancha de lana oscura y rostros expectantes, pero el único sonido que importaba era el resoplido rítmico del lobo ante mí. Gage era una montaña de pelaje gris y músculo cordeado, las garras repicando contra la roca enterrada en la tierra. Cuatrocientas libras de instinto depredador, y yo era un hombre con una camisa de algodón negro.Sentí la viscosidad en las venas: la cera lenta y enfriante de mi sangre que se negaba a encenderse. Flexioné los dedos, buscando la chispa del cambio, pero el lugar donde vivía mi lobo era una tumba.—Has estado entrenando en las alturas, Gage —dije. Mi voz era un rasp seco que apenas llegaba por encima del viento. Necesitaba segundos. Necesitaba que el la
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