Esperé.Me había dicho que reservara la cena más cara de la ciudad y que él vendría en cuanto terminara el trabajo.Me había dicho que pidiera y esperara. Lo había hecho todo, hasta ponerme ese vestido, el de su color favorito, esperando que quizás eso lo hiciera fijarse en mí.Pasaron dos horas. Me quedé allí sentada, tamborileando los dedos sobre la mesa, con los ojos yendo hacia la puerta cada pocos segundos, aferrándome a una esperanza que sabía que estaba muerta.La gente entraba, la gente salía. Risas, tintineo de cubiertos, el aroma de salsas ricas y velas encendidas. Al final, la camarera se acercó, con el rostro educado pero firme.—Señora, su cuenta son tres mil dólares —dijo.Saqué mi tarjeta de débito del bolso y la pasé con una frialdad absoluta. Luego me puse de pie, con las piernas entumecidas, y salí.En mi coche, apoyé la mano en el volante, con las palmas sudorosas. Lo golpeé una y otra vez, dejando que todas las palabras sucias y furiosas salieran de mi boca hasta q
Leer más