No podía creerle. Aunque la banda se burlaba de mi casa vez que pasábamos bajo la farola, un anillo no significaba nada. Lo peor, era el bebé que llevaba en mi vientre del que no había dicho nada y tampoco diría algo en el futuro próximo. Era mejor así, quería ver su verdadera cara, porque después de todo aunque había huido, era su heredero a quien llevaba en mis entrañas. No pasó mucho tiempo hasta que llegamos a la casa, las puertas se abrieron para recibirnos y pude observar como los guardias miraban hacia el auto, tratando de ver si realmente estaba dentro, podía sentir la curiosidad vibrar por toda la casa. —¿Podrías al menos darme una sábana en el calabozo? —solté de golpe después de largos minutos de silencio. Él apagó el auto frente a la casa y me miró como si estuviera diciendo una locura. —Como mi esposa —dijo, haciendo énfasis en el mi —tu lugar es conmigo, junto a mi cama. —No volveré a compartir una cama contigo. —Y yo no dejaré que duermas en otra habitación solo
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