KENDRANo puedo dormir. No es que esperara poder hacerlo después de lo ocurrido hoy.Mi cabeza está rebosante de pensamientos, todos ellos peligrosos, robándome la paz que esperaba encontrar en la seguridad de mi propio espacio.Una pequeña risa, vacía de humor, se escapa al aire. No puedo decir que no sea apropiado que la primera noche que realmente puedo pasar en mi cama la pase dando vueltas de un lado a otro.Las imágenes atraviesan mi mente, una tras otra, cada una acompañada por un descubrimiento de hace unas horas que, antes de hoy, había sido una imposibilidad."¡Diosa, ayúdame!" gimo, incorporándome en la cama."¿De qué te estás quejando ahora, Enano?" sisea la persona de la habitación a la izquierda de la mía. "Solo duérmete, nadie va a intentar matarte esta noche.""Decir eso solo hará que esté más alerta," respondo.Quiero decir, eso ni siquiera estaba en la lista de pensamientos que atormentaban mi descanso; que él lo diga ahora significa que alguien lo ha pensado. Y ese
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