Estaba de pie en el marco de la puerta, con los brazos cruzados bajo los pechos, observando cómo el carpintero se arrodillaba junto a mi cama antigua.Se llamaba Lucas… un hombre alto, de espaldas anchas, de unos treinta y pocos años, con manos fuertes y callosas, una camiseta gris ajustada que se estiraba sobre su espalda musculosa y unos vaqueros desgastados que le abrazaban sus potentes muslos. Su pelo oscuro estaba un poco despeinado por el trabajo, y el sudor le brillaba en los brazos bronceados.El soporte de mi cama llevaba semanas tambaleándose; la estructura de madera crujía cada vez que me movía. Había llamado al servicio de reparaciones por pura frustración, pero no me esperaba que apareciera alguien como él.—Debería ser una reparación fácil —dijo Lucas, con su voz grave y ligeramente rasposa llenando la habitación en silencio. Apretó un perno con una llave inglesa, marcando visiblemente sus bíceps—. Las uniones están flojas. Las reforzaré y me aseguraré de que quede firme
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