Se levantó del diván, con los ojos oscuros. Caminó hacia la cama, balanceando las caderas de lado a lado mientras apartaba a una temblorosa Zara. Gateó sobre las sábanas, con su pelo oscuro cayendo sobre su cara mientras miraba la longitud húmeda y palpitante de Leo. —Zara tuvo su diversión —susurró Jade, con voz de un rugido bajo y peligroso—. Pero yo soy mucho más codiciosa que ella. Y llevo observándote mucho, mucho tiempo. Se montó sobre él, clavando las rodillas en el colchón de seda. Agarró su miembro grueso y palpitante con ambas manos, y sus anillos de plata se sintieron como hielo contra la piel ardiente de él. No lo guió lentamente como hizo Zara. Se cernió sobre él, con sus ojos oscuros clavados en los suyos, y se dejó caer de golpe. —¡UHHH-NNN-GH! —Jade soltó un gemido largo y rasposo que sonó como un gruñido. Su cabeza cayó hacia atrás, con el cuello arqueándose tanto que se marcaban los huesos. —¡Eres... eres mucho más grande de lo que pareces! ¡Madre mía, Leo! Leo
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