El ambiente estaba cargado con la espesa bruma de los excesos de la noche anterior. Todos se movían como sombras: gimiendo, frotándose las sienes, con el rostro marcado por el dolor sordo de haber bebido demasiado. Murmullos bajos llenaban el aire mientras la gente se agrupaba en pequeños corrillos, compartiendo historias somnolientas y risas poco entusiastas.Miriam estaba sentada en un rincón, felizmente desconectada, saboreando su chocolate como si fuera lo único que la mantenía cuerda.—¿Quieres un poco? —preguntó, extendiendo un trozo hacia mí.Negué con la cabeza, con la mirada ya perdida en otro lado.Al otro lado de la sala, Vincent estaba de pie como un imán al que no podía resistirme. Hablaba con el doctor y David, dándome la espalda con su ancha figura, pero aun así dominando cada centímetro de mi atención. Esa confianza tranquila, la forma en que sus hombros llenaban la camisa… Dios, ¿por qué me afecta de esta manera? Incluso ahora, después de todo, solo mirarlo hace que s
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