Perspectiva de EllaNo pude hablar mientras levantaba la vista hacia aquellos familiares ojos verdes. Alexander olía como siempre, a su aroma habitual mezclado con sudor fresco y tierra, pero había algo más allí también: el olor metálico de la sangre seca.“¿Estaba herido? ¿O era yo la que estaba herida?”, me pregunté.No tuve tiempo de pensarlo mucho antes de que Liam, de pie detrás de mí y sacudiendo el heno de su camisa, dijera:—¿Qué demonios pasó?El rostro de Alexander, que por un instante había sido una máscara de sorpresa e incluso quizá un atisbo de alivio, se endureció. Me dejó en el suelo. Me alegró comprobar que mis piernas no estaban rotas; ni siquiera tenía un rasguño.—Justo me estaba preguntando lo mismo —dijo, mirando primero a mí, luego a Liam y después hacia arriba… hacia la puerta abierta del altillo de heno por la que acababa de caer.Liam abrió la boca para decir algo, pero un chillido agudo lo interrumpió.—¡Ella! ¡Oh, Diosa, ¡Ella! ¿Estás bien?Todos nos giramos
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