El domingo amaneció con un sol tímido que se filtraba por las cortinas del pequeño apartamento de Ashley. El reloj marcaba las ocho y media, y aunque era fin de semana, ella ya estaba despierta repasando mentalmente las tareas pendientes: terminar el informe de Derechos Humanos, organizar los apuntes que Karla le había enviado y, sobre todo, pensar en el regalo para Tom. El aniversario se acercaba y no quería improvisar. Se levantó con cierta pesadez, aún con la sensación extraña del encuentro en el mercado. La imagen de aquel chico de mirada intensa y voz firme seguía rondándole la cabeza. “Qué hermosos ojos”, se repitió en silencio, aunque ni siquiera sabía su nombre. Lo único que recordaba eran sus ojos verdes, penetrantes, capaces de desarmarla en segundos. Ashley intentó sacudirse la idea. Preparó café y tostadas, puso música suave y se concentró en sus apuntes. Pero cada vez que leía una línea, la mente se desviaba hacia aquel instante incómodo. “No es nada, solo un desconocid
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