Por Aurora Siento que me fusila con su mirada, pero esta pasa de enojo a sorpresa. Siento que me escanea de arriba hacia abajo, y eso me hace sentir un poco incómoda. Me aclaro la garganta y vuelve a mirarme a los ojos. Suelta un suspiro molesto y observa su reloj. —Otra vez tarde, señorita Molina —dice con el ceño fruncido. —Todo tiene una explicación, señor —me defiendo. —¿Así? Quisiera oírla. Bueno, no me toca más que decirle la verdad. —Todo es su culpa, señor. —¿Perdón?, ¿mi culpa? —pregunta—. ¿Y por qué es mi culpa que mi secretaria sea una impuntual? —pregunta con el ceño fruncido. —Es su culpa que tenga que ir al otro lado de la ciudad a buscar un café, un café que, a decir verdad, se parece a usted, señor. —¿Qué quiere decir con eso? —pregunta molesto. —Amargo y sin sabor. —¿Perdón? —pregunta. —Lo siento, señor, pero no sé por qué toma un café que, a decir verdad, sabe a calcetín remojado. No entiendo por qué me tiene que obligar a ir todos los días hasta ahí pudi
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