La lluvia sobre Nueva Jersey no era agua, sino un velo de plomo que amenazaba con hundir la ciudad. En el muelle 17, el esqueleto oxidado de un almacén de tabaco se alzaba como un monumento a la decadencia de la familia Moretti. Dentro, el aire olía a salitre, pólvora y al perfume floral de Bella, ahora empañado por el rastro metálico de la sangre.Luca Moretti ajustó el silenciador de su Beretta con dedos que no temblaban, aunque su pecho era un incendio forestal. A su lado, Enzo, su hermano de sangre y de armas, cargaba el fusil de asalto con una parsimonia aterradora.—Es una misión suicida, ¿lo sabes? —susurró Enzo, con la luz de la luna filtrándose por las chapas del techo, iluminando la cicatriz que le cruzaba la mejilla.—Si no salgo con ella, no quiero salir de aquí, Enzo.—Romántico hasta el final. Qué desperdicio de buen sicario.Luca no respondió. No necesitaba hacerlo. Su mente estaba fija en la imagen de Bella encadenada, su mirada desafiante incluso ante la brutalidad de
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