El local de la colonia Roma tenía, esa tarde de jueves de finales de julio, esa calidad específica de los espacios que acaban de encontrar a quienes los habitan: los muebles todavía en posiciones que se ajustarían en las semanas siguientes, las plantas recién colocadas con esa franqueza de quien no ha tenido tiempo de hacerlas parecer naturales, y esa luz de los ventanales del norte que Ximena había reconocido en la foto de Jade y que en persona era aún más generosa de lo que la fotografía sugería.Jade había hecho lo que sabía hacer mejor: convertir un espacio ordinario en algo que valía la pena habitar, con esa economía de medios que era también, de alguna manera, su marca. Las flores sobre la mesa de trabajo e
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