Amy ya había visto esa expresión en el rostro de su jefe antes: el día en que Damian Thorne fue a ver a Bryan por primera vez para confirmar quién lo había rescatado de los restos del coche. Damian miraba hacia la ventana, envuelto en un aura de frialdad potente e impenetrable.Tras un silencio que pareció eterno, dictó su sentencia: —Dale diez millones a Bryan y mándalo al extranjero hoy mismo. Asegúrate de que no regrese en dos años.Amy abrió mucho los ojos, incapaz de ocultar su asombro. Las cosas estaban mucho peor de lo que imaginaba. Sin embargo, su lealtad era absoluta; si el señor Thorne no daba explicaciones, ella no las pedía. —Señor Thorne, ¿debo enviarlo a algún lugar específico? —Donde él quiera, mientras esté fuera del país —respondió Damian con voz gélida—. No debe contactar a nadie aquí durante los próximos dos años. Solo volverá cuando yo lo ordene. —Entendido, señor. Me pondré en marcha de inmediato.Tras la salida de Amy, Damian permaneció junto al ventanal, observ
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