No era de extrañar que le hubiera enviado ese mensaje diciéndole que se arrepentiría. Adeline dio media vuelta para volver a la cama, decidida a ignorarlo. Sin embargo, en ese preciso instante, la voz de Damian retumbó desde el otro lado de la madera.—Te oí, Adeline. Si no abres, me quedaré aquí toda la noche tocando el timbre. No pegarás ojo en lo que queda de madrugada.Para enfatizar su amenaza, presionó el botón del timbre de nuevo, una y otra vez, de forma deliberada. El sonido estridente estaba destrozando los nervios de Adeline. Su temperamento, normalmente contenido, se desbordó. Con una mirada feroz, agarró una percha de madera del armario, caminó a grandes zancadas hacia la puerta y la abrió de golpe, blandiendo el objeto contra él.Damian la observó con sus ojos profundos y oscuros, impasible ante el ataque. —Alguien se ha despertado de muy mal humor —comentó con una calma exasperante—. Pero eres demasiado débil, Adeline. Ni siquiera sentí el golpe.Mientras hablaba, apart
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