Adeline, sin embargo, pensaba que era mejor que Sienna no se hubiera caído. Si realmente hubiera tocado el suelo, le habría resultado difícil explicar la situación ante un anfitrión tan refinado como Alfred. Había reaccionado por puro instinto defensivo, olvidando por un momento dónde estaba.Al menos, Damian había tenido algo de decencia al sujetarla de los hombros en lugar de dejar que ella se refugiara en su pecho. Cuando ambos regresaron a la mesa, Adeline ni siquiera les dirigió la mirada. Tras intercambiar unas últimas palabras con Alfred, notó que se hacía tarde; debía viajar temprano al monte Ardwood a la mañana siguiente.Sebastian, atento como siempre, notó que ella consultaba su reloj.—Señor Jenkins, se está haciendo tarde. No queremos quitarle más tiempo de descanso, así que nos retiramos.—Es verdad, mañana es lunes y ustedes, los jóvenes, tienen que trabajar. Vayan a casa a descansar.Alfred los acompañó hasta la salida principal. Adeline sintió la mirada de Damian de r
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