Epílogo. El linaje inquebrantable.
Cinco años despuésEl aire helado de los Alpes suizos golpeó el rostro de Renzo.Bajó de la camioneta Suburban negra blindada. Su bota táctica pisó la nieve dura.No llevaba traje de sastre de diez mil euros esta vez. Llevaba una chaqueta táctica de color azul oscuro, reforzada, sin insignias, con un chaleco ligero por debajo. Pantalones de carga oscuros y gruesos. Sus manos grandes estaban cubiertas por guantes tácticos de cuero negro.Se giró hacia la puerta trasera.Abrió la hoja de metal pesada.Vittorio, su hijo de cinco años, saltó al suelo con una agilidad natural. Llevaba un abrigo de lana oscuro con el cuello de piel. Gorro de lana gris. Sus ojos negros y letales como los de Renzo Castelli escanearon el perímetro blanco con puro cálculo instintivo. No sonrió. No se quejó del frío. Simplemente esperó.Renzo metió la mano en la cabina.Sacó a Caterina, su hija de tres años. La niña llevaba un abrigo rosa pálido, grueso y cálido, con el gorro blanco. Tenía los mismos ojos de Val
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