Epílogo. La beso con una desesperación que raya en lo inhumano, una necesidad de anclarme a ella para no desaparecer. Le hago el amor con una devoción casi religiosa, recorriendo cada centímetro de su piel, esa seda bendita que emana un aroma a jazmín capaz de domar mis instintos más salvajes. En este instante, el mundo exterior no existe. —Te amo, Alicha —le susurro al oído, dejando que mi alma se escape en esas tres palabras.Ella no responde de inmediato. Solo me dedica una sonrisa enigmática, y comienza a alejarse de la cama, envuelta en la luz del amanecer que se filtra por los ventanales de nuestra villa en Dubái.—¿A dónde vas? —pregunto, incorporándome de golpe, sintiendo un vacío repentino en el pecho.La sigo con premura, apenas dándome tiempo a cubrirme con un pantalón de mono. Ella camina envuelta en mantas blancas, deslizándose hacia el umbral que da al jardín privado, ese oasis de palmeras y buganvilias que mandé a plantar solo para ella. Se detiene y sonríe mient
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