Su rostro adoptó una expresión tierna, desamparada y dulce, la viva imagen de un ciervo indefenso que se presenta ante su depredador natural para rogar por una clemencia que no espera recibir. Aquella actuación, ejecutada con una malicia impecable y ensayada en la intimidad de su alcoba, hizo que los corazones de los nobles presentes, indistintamente de su sexo o facción política, sintieran una pena sorda y una oleada de protección hacia ella, demostrando de inmediato un sutil pero perceptible rechazo hacia la figura severa, marchita y desconfiada de la Emperatriz Viuda que la observaba desde las alturas del estrado imperial. Catherine manejaba las emociones de la masa como un músico maneja un instrumento, volviendo a la corte en contra de su propia gobernante sin pronunciar una sola palabra de abierta rebelión, socavando la autoridad del trono con la simpleza de un gesto sumiso.—¡Oh, mi amada y hermosa hija
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