Horas más tarde regresó Nataniel, trae consigo mucha fruta de mangostín, su madre se ha quedado sorprendida de ver esa gran cantidad, ya que no sabe de qué se trata que él aparezca con todo eso.—¿Madre, ha salido Camila? —Preguntó, lleno de ansiedad, porque la chica ha apagado su celular.—No, ella debe de estar en su habitación. —Respondió, sin darle tiempo de preguntarle lo que se traen entre manos.—¡Amor mío! ¡Camila! —Dice Natán, tratando de despertar a la embarazada que duerme y ronca más que una marmota.—¿Qué quieres? —Preguntó con molestia.—He vuelto, te he traído tus frutas.—Ay, qué pena, querido. Ya no tengo ganas de comerlas, lo siento mucho.—¡Qué! No es posible que me hayas hecho moverme casi por todo el país buscando tus benditas frutas para calmar tus deseos y ahora me sales con que ya se te han pasado las ganas. ¡Eso no es justo! —Se quejó, fingiendo estar cansado.—Ya no las quiero, llévatelas lejos de mi vista.—Entonces me las comeré yo, pero cerraré la puerta p
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