ArtemEl invierno moscovita golpea los cristales de la mansión con una furia que en otros tiempos me habría parecido un presagio de guerra. Pero hoy, el viento aullador es solo música de fondo para la paz que reina dentro de estos muros. Me observo en el espejo del vestidor, acomodando los gemelos de oro que Naia me regaló en nuestro tercer aniversario. Mi reflejo me devuelve la imagen de un hombre que ha aprendido a sonreír con los ojos, aunque mi mandíbula conserve la firmeza del acero.Cinco años han pasado desde que el corazón de Naia se detuvo y yo lo obligué a latir de nuevo con mis propias manos. Cinco años desde que Mijaíl llegó al mundo para recordarme que el verdadero poder no reside en cuántos hombres puedes matar, sino en a cuántos eres capaz de hacer felices.—¡Papá! ¡Papá, se acabó el tiempo! —la voz de mi hijo retumba en el pasillo, seguida del eco de sus pequeños zapatos de charol contra el suelo de madera noble.Mijaíl entra en mi vestidor como un torbellino de elegan
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