—¿Una… propuesta? —Elizabeth alzó una ceja. Seguía molesta, pero la curiosidad se le coló igual, traicionera.—Es un contrato —dijo Alejandro—. Ahí dejo por escrito que tengo prohibido acercarme a vos para sacarte información. Nada de tus clientes, nada de tu trabajo, nada de lo que hagas. También están adjuntas las pruebas de lo que hice antes… de cómo te traicioné.Elizabeth lo miró sin tocar el documento.—Las cláusulas dicen que, si incumplo cualquiera de esos puntos, vos decidís qué pasa conmigo —continuó, bajando apenas la voz—. El castigo que quieras. Y si volvés a sospechar de mí, tenés derecho a usar esas pruebas, a exponer todo y a hacer que me echen de la empresa sin que yo pueda defenderme.Se hizo un silencio espeso. Básicamente, si aceptaba, él quedaba en sus manos. Elizabeth leyó el contrato por encima y entendió algo que la descolocó más que cualquier mentira: Alejandro no estaba ofreciendo garantías, estaba entregándose.Sintió bronca. Pero también una lucidez fría, f
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